Diego Ricol: Rostislav Ordovsky-Tanaevsky Blanco, el venezolano que conquistó Rusia

Nació y creció en Venezuela, tiene 400 restaurantes en la ex Unión Soviética. Allí introdujo el sushi, la comida española y la suiza, el servicio a domicilio y hasta las primeras pizzerías al horno de leña.

Llamarlo “el zar de los restaurantes” sería obvio, pero atinado. Rostislav educado en Venezuela­ logró hacer negocios antes y después de la extinta Unión Soviética, con miras a abrir su local número 400, aquí cuenta su increíble y desmesurada historia.

Magaly Rodríguez – Todo en Domingo ­
Fotografía Katherine Di Turi / Londres
mrodriguez@el-nacional.com

Su papá leyó la carta firmada por la dirección del colegio y se asustó. Con apenas nueve años, su hijo Rostislav ya era un pequeño magnate. La misiva era clara e inquietante: “Estimados padres: Nos parece razonable que su hijo reciba una mesada, pero nos preocupa que quizás sea demasiado dinero”.

Sin embargo, no eran sus padres quienes se lo daban. “¿Qué estás haciendo tú? ¿De dónde sacas tanta plata?”.

El pequeño Rostik había conseguido el santo grial de los negocios. Una inversión perfecta en la que no había costos, sólo ganancias. “Mi familia tenía un mini centro comercial en la Av. Andrés Bello que se llamaba Cadenas Comerciales. Era como una tienda por departamentos repartida en varios locales. Mi papá mandaba a hacer cunas, les decoraba con calcomanías de Disney y las vendía. Un día le agarré diez calcomanías, se las vendí a mis amiguitos y como me fue buenísimo, seguí haciéndolo”. El floreciente negocio llegó a su fin cuando Rostik comenzó a gastar sin pudor y a manos llenas sus jugosos dividendos. “Ahí mismo me iba a la cantina y le compraba chucherías a todo el mundo. ¡Pidan, que yo brindo!”, se ríe.



Lo suyo, asegura, siempre ha sido emprender. Hijo criollo de una ama de casa española y un odontólogo yugoslavo ­que llegó a Venezuela temiendo las represalias del régimen stalinista­ Rostislav Ordovsky-Tanaevsky Blanco estudió su bachillerato en el liceo militar Gran Mariscal de Ayacucho y se graduó como ingeniero químico en la Universidad Simón Bolívar. “No porque tuviera una vocación especial, sino porque sabía que el futuro aquí era el petróleo”, reconoce. Al término de su carrera ya estaba ocupándose de sus primeros negocios, con venta de productos electrónicos, ropa juvenil y hasta una fábrica de lentes de contacto. Luego se alió con la Walt Disney Company para subtitular y comercializar sus películas en Venezuela e inició negocios con Kodak para impulsar el mercado del VHS en el país.

Para Rusia con amor.
 Fue en el marco de un festival de cine como se le presentó la invitación a viajar a la Unión Soviética. Era 1984.

Tenía 25 años. “Estaba emocionadísimo porque siempre había soñado ir. Además sabía el idioma porque mi mamá siempre se empeñó en que yo tenía que hablar la lengua de mi papá también”.

Dos cosas lo marcaron. Una, la escasa oferta de restaurantes. “Un día decidí conocer Moscú por mi cuenta y me hice el enfermo para deshacerme de la guía-chaperona que le asignaba el gobierno a los ejecutivos extranjeros, y que seguramente le reportaba a la KGB.

Por si acaso, cargaba un carnetico casero de prensa que me había hecho yo mismo en Caracas. Salí a comer y todo estaba cerrado.

Un local tenía un cartel que decía `Día de higiene’. Otro decía `No hay asientos’ y el local estaba vacío. El más absurdo decía `cerrado por almuerzo’. En uno por fin me dejaron pasar y de las diez páginas del menú, sólo tenían cinco platos”.

Luego no halló dónde comprar un rollo de fotos. “Lo que conseguí fue un tipo de película rarísimo y muy viejo. Cuando me lo traje a Caracas y lo quise revelar, la Kodak me dijo que ese tipo de película estaba descontinuado desde la Segunda Guerra Mundial, que lo llevara a revelar donde lo compré. O que si acaso, a lo mejor en Cuba. Me pareció insólito”. Moviéndose rápidamente y aprovechando su manejo de la cultura y el idioma, el empresario logró organizarse e inaugurar en Moscú la primera tienda Kodak. Con ella, introdujo en plena Unión Soviética el revelado de una hora y masificó la fotografía a color. Con el tiempo, su local se clonaría en 400 más, pero la espinita de los restaurantes seguía clavada. “Aunque yo no sabía ni pío de negocios de comida, se me ocurrió que podíamos llevar Tropiburger a Rusia. Fui con el dueño a Moscú para evaluar cómo hacerlo, pero él mismo se dio cuenta de que era un mercado demasiado grande”.


Le sugirieron que hablara con Burger King. Mientras tanto, viajaba con frecuencia a París con funcionarios rusos en plan de negocios. “Siempre terminábamos en una tasquita española que yo conocía y se volvían locos. Las tapas, los mariscos, todo les encantaba”. A dos años de negociaciones sobre su potencial entrada en Rusia, Burger King cambió de dueños. Los nuevos se rajaron. Frustrado, Ordovsky-Tanaevsky se empeñó en montar un restaurante por su cuenta en un local de ensueño: la mitad del lobby del Hotel Moscú. Pidió permisos y convocó a un constructor venezolano.

En una entrevista para la revista Forbes, relata que era muy complicado hacer contratos bilaterales. “Este constructor se entusiasmó y dijo que se quería asociar conmigo. Le dije que sí.

Volvió a Caracas, me construyó el restaurante completo, lo desarmó en piezas ­imagínatelo tal cual: techos falsos, barra, muebles, cocina, todo­, lo llevamos en un container a Rusia y en dos semanas ya estaba montado.

Los rusos estaban en shock”. En shock pero expectantes, seguramente. En julio de 1990, el nuevo restaurante del Hotel Moscú era una tasca española.

Así como yo. Tras el éxito de El Rincón Español, le siguió Le Chalet. “Me inspiré en el estilo del restaurante El Chalet, ése que quedaba en el Hotel Crillon de la avenida Libertador. Fue el primer restaurante fino de Moscú; comida suiza con carta de vinos y demás. En el primero habíamos introducido el jamón serrano y el queso manchego. Con este trajimos a Rusia la ensalada César, la crêpe suzette, el fondue, el steak tartar”, relata. La cortina de hierro caía y Ordovsky-Tanaevsky seguía soñando con una cadena de comida rápida. “Como en ese tiempo llegó McDonald’s, me decidí por el pollo frito y me inspiré en Arturo’s. Hasta el arquitecto que les hizo los primeros locales me lo traje. Le puse Rostik’s, como yo. Con apóstrofe-ese, para darle glamour”.

El primer local de Rostik’s abrió sus puertas en 1993 en el centro comercial Gum, situado frente a la Plaza Roja. Su elegante arquitectura contrastaba con las coloridas bandejas de pollo y papas fritas. Cuando KFC intentó entrar en la economía rusa, se encontró con que Rostik’s ya había cautivado su nicho con una marca nacional. “El problema es que Rusia es un mercado inmenso. Empezar desde cero y crecer con el ritmo adecuado es muy complicado”. Ante la imposibilidad de desplazarlo o destronarlo, a KFC no le quedó otro remedio que aliarse con Ordovsky-Tanaevsky y crear una marca conjunta, Rostik’s-KFC. El empresario le vendió su cadena a Yum! Brands ­dueña de KFC­, el año pasado. “Fue muy emotivo porque lleva mi nombre y pronto se lo van a quitar. Pero ellos iban a poder hacerla crecer más que nosotros, que estamos más ocupados con otras cadenas de comida casual”, dice resignado.

Después de Rostik’s, fundó Il Patio Pizza ­con comida italiana y pizzas a la leña­ y Planet Sushi, de comida japonesa. Pionero en ambas cocinas, suponemos, antes de preguntar. “También, sí.

En Rusia no había nada de nada en materia de restaurantes, ¿qué hace uno?”, acota divertido. Luego llevó a suelo ruso franquicias como T.G.I Friday’s. Para 2012, calcula que probablemente alcance la marca de los 480 restaurantes.

Con los años, Ordovsky-Tanaevsky introdujo novedades como el servicio de delivery y el Wi-Fi gratuito en restaurantes. En 1994 creó el primer programa de leal tad con puntos de la región y tiene también negocios en la industria de los bienes raíces y el turismo rusos. Hoy, a sus 52 años, busca el formato ideal para consolidar la introducción de hipermercados de salud. En alianza con Locatel, ya abrió dos en Rusia.

¿No es demasiado ya? ¿No se cansa? “Es que lo mío es emprender, crear, inventar. Veo oportunidades donde otros no las ven y soy medio loco. Mi umbral del `dolor al riesgo’ es bajo. En parte me ha ido bien porque me rodeo de gente muy preparada como Pedro Burelli y Willy Tischenko que me han apoyado mucho; yo sé que no soy un buen gerente, sino un buen líder”. ¿No se siente ni un poquito culpable por haber elevado el colesterol de los rusos a punta de pollo frito, pizzas y costillitas? “En realidad no. Me satisface haberles dado la oportunidad de comerse algo sabroso, en un ambiente bonito y con un servicio de calidad”, opina solemne. Luego se queda pensativo y se echa a reír. “¿El colesterol? No, chica… El colesterol que se joda”.

Fuente: Todo en Domingo

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