Diego Ricol: Los artesanos de la música

Son maestros en el delicado oficio de elaborar instrumentos. En un país pleno de orquestas, los luthiers veteranos y una amplia generación de relevo se encargan de suplir a la creciente avanzada de músicos locales.

En sus manos está el delicado oficio de elaborar y restaurar los instrumentos que luego mostrarán su sonoridad. El oficio que llegó de Cremona, Italia, tiene en el país varios maestros veteranos que lo representan y una amplia generación de relevo en formación. En el Sistema existe un semillero de luthiers que ya ha creado y reparado los instrumentos que luego están en manos de las orquestas. Su sede principal está en Caricuao y sus pupilos se reproducen en toda Venezuela .

Ellos son “Los Apóstoles de las Cuerdas”

A principios de los años 60, con la fundación Fe y Alegría, el padre José María Vélaz se impulso el sueño de construir una taller de lutería en el país.





El sacerdote mandó a sembrar árboles de fresno en Mérida, esperó con paciencia a que crecieran y con el hallazgo de artesanos de distintas partes del mundo, se comenzaron a construir los primeros violines. Al mismo tiempo, varios inmigrantes europeos, artesanos y músicos, se instalaron en sus nuevos talleres para servir a los entonces emergentes movimientos orquestales de Venezuela.

El maestro José Antonio Abreu se unió al esfuerzo y El Sistema abrió el primer taller de lutería, el Centro Académico de Lutería (CAL), hace casi 30 años. El semillero de artesanos tiene su sede principal en Caricuao y su director, Henry Parra, define brevemente la misión del proyecto encomendado. “Actualmente estamos en 15 estados a nivel nacional con luthiers que tienen como función restaurar los instrumentos de cada núcleo. La idea es cubrir la geografía nacional”.

Hoy en día el centro de Caricuao sirve como piloto para el resto de las regiones. Allí se preparan jóvenes artesanos que regresan a sus ciudades de origen a satisfacer la demanda en la construcción y reparación de instrumentos.

Todavía vive acá parte de aquella misión de artesanos recomendados por la Unesco para formar a las nuevas generaciones de luthiers. En uno de los talleres, lijando un cuatro con sus manos y cubierto de canas está un tótem: Rómulo Alaluna, artesano peruano que muestra con orgullo su foto con el maestro Alirio Díaz. “Ahorita estamos preparando unos cuatros, pero nosotros en este taller nos dedicamos a la construcción de guitarras. En el oficio llevo toda mi vida. Creo que desde que nací. Esto es algo de tradición, mi abuelo lo hacía, mi padre también”.

Ahora una de sus hijas se dedica a la construcción de arcos para instrumentos de cuerdas.

Todas las mañanas del mundo.
 
 

Matías Herrera, venezolano, hijo de inmigrantes italianos, es uno de los tantos herederos de la tradición milenaria.

Conversa todo el tiempo de pie y con un violín en la mano frente al foco que ilumina su mesa de trabajo repleta de herramientas. “Yo venía de estudiar distintas cosas relacionadas con el arte. Había estudiado música, tocado distintos instrumentos, investigado sobre su historia. No pensaba que iba a ser constructor de instrumentos porque le tenía miedo a la madera. Trabajé el metal, el cuero, había hecho hasta joyería, pintura, pero la madera era un tabú, era un material que no entendía”. Y por esas cosas que llaman razones de la vida, cuenta que llegó a Caracas un luthier portugués de Angola al Emil Friedman. Aquí el maestro y fundador del colegio caraqueño le brindó la posibilidad de vivir e instalar un taller. Herrera lo conoció y se convirtió en su aprendiz. “En septiembre de 1978 me fui a tomar clases a la Academia de Cremona. En la época en que yo llegué había mucha gente bohemia. Del 75 en adelante empezó un boom: la ciudad estaba llena de hippies que querían aprender lutería: franceses, alemanes, ingleses, japoneses, y latinos. Era muy interesante porque todo el mundo armaba un taller en su propia casa. Claro, la economía de la época era otra. En Alemania y Francia eso estaba prohibido, no podías hacer nada fuera de la escuela”.

En casa de Gisela Bastidas, en Los Teques, no existe una hora muerta. Todas las mañanas, todas las tardes y no sabemos si las noches, el timbre de su puerta suena repetidas veces para que entre un nuevo paciente.

Muchos de los enfermos tienen tuercas y dispositivos para que las caderas retomen sus formas. Son todos contrabajos, que llegan uno detrás del otro. “Mi hija me dice que la boté de la casa, que no le alquilé la habitación en Caracas para que estudiara más cerca de donde vive, dice que preferí los instrumentos en su lugar”,se ríe Gisela, sentada sobre una mesa de trabajo que la hace ver más alta de lo que ya es. “Yo tocaba el cello en San Fernando de Apure, y mi beca no me alcanzaba para mandar a reparar mi instrumento.

Cuando llegué a Caracas y vi por primera vez un taller dije: esto es lo que quiero”. Bastidas también se fue a Cremona a reforzar lo aprendido con su maestro Matías Herrera.

La talla latina. Al lado de Bastidas, silente y con la vista puesta en un violín, está Marcelo Di Sante, maestro ítalo-venezolano, nacido en Catia pero que acaba de regresarse de Perugia donde vivió hasta hace semanas.

“No son muchos los luthiers venezolanos que conozco, pero por lo poco que he visto, a diferencia de Europa, hay una mayor libertad. El europeo es muy rígido en su tradición. Aquí hay una historia sin prehistoria.

A la hora de trabajar podemos ser más libres, quizás por eso me vine”. Lo que el maestro Di Sante quiere decir, lo explica el maestro Marco Antonio Peña en su ensayo sobre la lutería en Venezuela. “En Europa se reglamentaba el estudio y la práctica de la lutería al menos desde principios del siglo XVI a través de gremios que impedían el establecimiento de luthiers que no cumplieran los requisitos de formación, experiencia y sometimiento a exámenes que se estipulaban.

Los gremios llegaban al extremo de especificar qué clases de instrumentos podía construir cada artesano, prohibiendo que elaborara cualquiera otro, e incluso reglamentaba los materiales y estilos de ornato. Hoy día, regulaciones igualmente estrictas, si bien más lógicas y amplias, siguen vigentes en países como Alemania, donde la única vía para llegar a ser luthier supone tres y medio años de estudio académico, tres y medio años más de pasantías bajo la tutela de un maestro luthier ya establecido y finalmente la presentación de un examen de maestría teórico y práctico de una semana de duración ante un jurado experto. Tras la aprobación del examen de maestría se autoriza al nuevo luthier para ejercer por su cuenta.

En Italia debe estudiarse cuatro años, y después se acostumbra a hacer una especialización”.

 

 
En esa suerte de retiro que es el CAL en Caricuao, Henry Parra explica los avances y la calidad de los instrumentos hechos acá. “Ya en las Orquestas Sinfónica Juvenil Simón Bolívar y la Juvenil de Caracas están tocando con instrumentos construidos por nosotros. Muchos de los artesanos en el proceso de aprendizaje de la lutería se van integrando también al sistema de orquestas. Nuestro ideal es que a futuro todos los artesanos también estudien música. Que salgan de acá como técnicos que puedan presentar un documento que los avale a escala nacional e internacional. Hemos logrado que luthiers de gran calibre mundial vengan a avalar y dar cursos magistrales para estar al día con las escuelas más reconocidas del planeta”. Edgar Torres tiene 22 años, vive en Yare y sale de su casa todas las madrugadas a Caricuao, al taller del CAL. Al mismo tiempo, toca la viola en el núcleo de su comunidad. “Uno se relaciona más con el instrumento, vives la forma en que surge.

Mi sueño es interpretar una viola construida por mí”.

Torres divide su tiempo entre el taller, la universidad y los ensayos de la orquesta.

Si el oído es la antecámara del alma, Virginia Woolf dixit, el luthier y su taller componen la fábrica que alimenta la sustancia espiritual. El ambiente de un taller es casi místico. Está la madera virgen, instrumentos a la mitad de su construcción, las herramientas, el reposo de piezas que necesitan permanecer inmóviles durante cierto tiempo para que puedan ser ejecutadas. “Se necesita mucha paciencia. Este trabajo implica seguir un proceso metódico y no puedes ir a otro lado si no has superado un paso. Uno de los momentos más difíciles para un luthier es cuando se pregunta en qué momento está terminado un instrumento. Otros ojos lo ven listo, pero ¿está listo? Siempre pudo haber estado mejor”, dice Matías Herrera que repara un violín construido por él, y piensa que su barniz es perfectible. “Esto no es sólo sentarte a fabricar un violín por hacerlo. Tienes que ser músico. No sé por qué tengo esta teoría. Yo creo que a uno se le desarrolla un sentido con la música. Implica conocerla, que el músico toque un contrabajo que estamos restaurando y poder identificar cada nota. Yo los afino, los pruebo, ya no toco. Me corté los tendones en un accidente y guindé el cello. Cuando escuchas tu instrumento en una sala de conciertos, esa sensación sólo la conoce la persona que pasó horas, encima de un bloque de madera, haciéndolo”.
 
Fuente:
Revista Todo en Domingo

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